lunes, 25 de junio de 2007

POPY: EL EMBAJADOR DEL ERROR (V)


Otro episodio que muestra lo complicado de sus relaciones con el mundo político se ilustra con lo que sucedió en la Conferencia Anual de Ejecutivos (Cade) de 1999, realizada en la ciudad de Chiclayo, al norte del país, el impulsivo Olivera insultó llamándola “narcotraficante” a la presidenta del directorio de la aerolínea Aerocontinente, Lupe Zevallos, acusada muchas veces de haber formado su empresa de manera ilícita. Los testigos de aquella incómoda y poco caballerosa escena, cuentan que Lupe Zevallos se levantó de la mesa y le respondió con una sonora cachetada. Olivera se quedó mudo de la sorpresa y se retiró rojo de ira. No sería la primera ni la última vez. Durante su trayectoria política Popy ha recibido golpes, jalones de pelo y hasta tortazos en el rostro a anos de sus detractores.

Sin embargo, lo más importante estaba a punto de ocurrir. La primera vez que Vladimiro Montesinos se hizo notar a la opinión pública ocurrió después del autogolpe de 1992, cuando apareció un audio en el que se escuchaban las voces del presidente Fujimori y de Montesinos coordinando acciones. Empero, a partir de 1995 a 1996, la mafia de Montesinos empezó a penetrar en la cosa pública. Fajos y más fajos de billetes, empezaron a salir de la caja fuerte del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) para pagar a periodistas, jueces y congresistas, serviles al régimen. Era inevitable que tarde o temprano los largos brazos de la mafia tocaran a la puerta de cualquier político u hombre público. En el caso de Popy Olivera su principal contacto con la mafia estuvo representado por el entonces director del diario “Expreso”, Eduardo Calmell del Solar.
Calmell, conocido desde sus años mozos por el apelativo de "Chapulín", es un tipo ruidoso, extrovertido y muy dado a la risa y la chacota. Era además un antiaprista declarado y amigo personal de Ernesto Gamarra desde que ambos eran muy jóvenes y militaban en las filas de Acción Popular. Hacia el año 1998 y sobre todo en 1999, Fernando Olivera y Calmell del Solar se hicieron grandes amigos. Solían departir en el balneario de Ancón, con sus respectivas esposas y ambos, parecían sentirse muy a gusto en aquellas francachelas, incluso cuentan que Calmell invitó a Popy a un congreso organizado por la Sociedad Interamericana de Prensa en la lejana Rusia, con todos los gastos pagados.

Pero Calmell del Solar llevaba una doble vida. Empezó a visitar el SIN y a coordinar con el propio Vladimiro Montesinos, el contenido editorial y noticioso del diario. Calmell repasaba con el asesor de inteligencia, el quehacer público local, y juntos, escogían a quienes debían ser blanco de sus ataques, por constituir "una amenaza", para los objetivos reeleccionistas de Fujimori. Empero, la campaña de demolición más feroz emprendida por Expreso fue la que tuvo como víctima a la congresista Beatriz Merino, quien había renunciado un año antes a las filas del FIM para pasarse a Somos Perú.

Según el entonces congresista y compañero de Olivera, Ernesto Gamarra, en 1996, los integrantes del FIM, recibieron denuncias de los trabajadores del despacho de Merino, en la que éstos acusaban a su jefa de recortarles sus sueldos para beneficiarse, práctica que, al parecer, era común entre varios parlamentarios. Entonces Olivera decidió encarpetar el asunto, toda vez que expulsar a Merino del FIM significaría perder la categoría de "bancada" en el Congreso (El FIM tenía seis parlamentarios, el mínimo requerido para constituir una “bancada”); sin embargo, en 1998, dos años después, Merino renunció por propia iniciativa al FIM para pasarse a la agrupación “Somos Perú”.

El momento de la venganza había llegado. Olivera empezó a frecuentar la redacción de Expreso y junto a su gran amigo, Eduardo Calmell del Solar, produjeron, entre septiembre y diciembre más de 23 portadas y un centenar de artículos con los destapes del caso Merino. Quienes pertenecían al cuerpo de redacción de Expreso por esos años recuerdan, como si fuera ayer, a Olivera y Calmell revisando juntos entre risas y comentarios subidos de tono, las pruebas de las portadas, denunciando algún nuevo detalle del caso Merino. Según Gamarra, Olivera ordenaba revisar hasta la basura que salía del despacho de Merino y, gracias a ello, recabaron cartas del puño y letra de la congresista, que comprometían aún más su situación. Aún así, la campaña contra Merino fue un fiasco, a pesar de las contundentes pruebas presentadas. Era evidente que tan exagerada cobertura escondía oscuros propósitos y ningún otro medio de prensa ni grupo político aceptó actuar de comparsa en las acusaciones. Como dice el propio Gamarra: si se trataba de denunciar el recorte de sueldos perpetrado por Merino, bastaban dos o tres entregas bien documentadas y punto. Nada justificaba tres meses de portadas casi diarias, en un caso de menor importancia. Cuando Olivera finalmente logró que el Congreso votara una moción para levantarle la inmunidad parlamentaria a Merino, el pleno optó por enviar el caso a la comisión de fiscalización y en la práctica se archivó.

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